Miscelánea

Otoño significa comenzar y desprenderse

Después de un verano caluroso, de obligaciones todo el año, de las escamas del tiempo y sus heridas, estamos cansados. En esta lucha vital nuestro cuerpo se cansa. Pero aquí está el otoño y su esperanza para renovarnos. Después de todo lo pasado, podemos experimentar un nuevo comienzo. Y empezar desde cero.

Otra vez desprenderse de la hojas que ya han cumplido su ciclo, caducas, amarillas del esfuerzo por exponer su verdor. Desprenderse otra vez y así quedarse limpio en el tronco de la vida, en la esencia, sin ramajes superfluos, cada cual pleno de horizonte y de apertura para asumir esta naturaleza que se renueva y descubre la naturaleza íntima. que necesita dejar su lastre y alimentarse de amaneceres y ocasos, pues cada otoño alumbra un porvenir. Hay que saberlo y llenarse de alegría. Ha llegado el otoño. Y este es el momento de la generosidad y el despredimiento.

Por una sonrisa, un cielo

Así lo dejó escrito Gustavo Adolfo Bécquer, como verso de anhelo y plenitud que pudiera ofrecerle la persona amada, dispuesto a ofrecer al menos desde la poesía lo más inalcanzable a cambio de esa curva en unos labios queridos.

Sonreímos por placer, por ternura, por diversión, por agradar, por contemporizar con los otros, con intención de ganar algo que se desea. Y además no pocas veces para mostrar afecto, para mostrar complicidad y empatía, para dialogar con el espíritu de los demás. El encanto de una sonrisa supone un oasis tras muchos días de sed. Nunca la felicidad tuvo una imagen tan prodigiosa como la sonrisa de un bebé, tan sorpresiva por temprana; de un niño, de cualquier joven con esperanza, de cualquier anciano satisfecho, de cualquier mujer que pisa fuerte y de cualquier ser humano sin temores.

Vitalidad: apostar por la conciencia

Vivos, pero también con la energía vital y la esperanza suficientes para contemplar un horizonte de proyectos. La vida es proyecto o no es nada. La vida es camino o es calle cortada. Vivos, pero activos en las tareas, cuidándonos, cuidando de los otros, en alerta siempre para batallar contra lo que nos mata. Vivos, pero no inconscientes ni paralizados ni vegetales, sino abiertos al aprendizaje, a los contactos y a las emociones.

Si tenemos esta vida como regalo, hay que cultivar la vida como un jardín particular y un gran parque para todos.

Corazón: el latido constante

Corazón en nuestra cultura global significa empatía, sensibilidad, misericordia, amor, ternura y tiempo que acompasa los latidos, explosión de alegría que recorre el cuerpo, tristeza que encoge y aprieta. El corazón se instala como cascada en el pecho y en todas las cosas como lugar abstracto de donde venimos y adonde vamos, buscando el agua y la sangre, buscándose para encontrarnos ciegos en la palestra de vivir.

Corazón apenas se muestra en un dibujo que simboliza amor y afectos, tan trillado y tan tópico, pero siempre eficaz de tan necesario, porque esa imagen tiene el poder de remover nuestras fibras sensibles, lo que somos, fuimos y seremos. I love + corazón + cualquier objeto directo, como exige la gramática. La publicidad ha hecho siempre su agosto y su año con un simple corazón. Pero no basta un dibujo para hablar de la suprema belleza y la imprescindible importancia del corazón, que todo lo guía y lo traza, incluso la frontera entre la vida y la muerte.

Septiembre: final del verano

“El final del verano llegó y tú partirás”, cantaba el Dúo Dinámico en los sesenta. Nos suenan esa música y esa letra. Aunque las temperaturas veraniegas según en qué ciudades se prologuen hasta octubre y noviembre, septiembre clausura este estío, tal y como lo concebimos en nuestro país: meses de vacaciones, de viajes y fiestas, de descanso y programas contra la rutina o el estrés. Por lo tanto, fin de muchos romances fugaces en los paseos o en las playa, fin de las olas acariciando los cuerpos, fin de las acampadas durmiendo bajo el cielo claro, fin de los ventiladores y aire acondicionado, cese del dolce far niente. No del todo, claro. Hay quienes viven instalados en esa burbuja de no hacer nada, mientras los demás se conforman con el fin de semana o esperan hasta las vacaciones.

Septiembre inaugura el nuevo curso en centros de trabajo y de enseñanza. Y hasta los decretos del Gobierno. Septiembre vuelve a imponer la prisa entre una tarea y la siguiente, activa muchos planes, interrumpe lo que parecía un eterno buen tiempo. Pero septiembre también llega repleto de secretos, información, celebraciones y vida disponible para jugar a vivirla.

Arde la Amazonia

Arde el pulmón verde del planeta. Arde la clorofila que nos mantiene respirando, arde la historia primigenia de nuestro mundo. ¿Y a nadie le importa? A nosotros sí. Nos importa esa extensión vegetal que guarda el cofre de los tesoros, los animales que son garantía de la evolución, el agua que fluye como el oro de nuestro siglo. Y todo arde, como si el consumo y el bienestar nos hubieran convertido en insensibles o insensatos. Arde lo que somos y creemos que no tiene que ver con cada cual. Arde la Amazonia.

Hace mucho que las cumbres políticas, la acción de las Organizaciones No Gubernamentales, la ONU y los Gobiernos dicen ocuparse del mayor problema que tenemos: cuidar nuestro planeta para seguir existiendo mil siglos más . Pero luego arde nuestro latido, nuestro oxígeno, el vergel que oxigena nuestro auténtico universo, el único donde podemos existir, y entonces sin remedio asistimos al incendio de nuestra vida, como si no nos incumbiera, como si fuera asunto de una zona de otro continente. Ardemos nosotros, nos extinguimos entre cenizas y humo, sin notar el extremo calor, porque está lejos. O eso creemos.

Cine de verano: una educación sentimental

Cine al aire libre para niños, jóvenes, maduros y ancianos. Durante más de un siglo, el cine de verano ha ofrecido aliento, ocio, encuentros de piel, emociones y educación a muchas generaciones. Y sigue siendo un referente cultural y humano en nuestro país, gracias a ese invento mediterráneo del cine de verano. Aunque en realidad sus orígenes datan de 1921 cuando se practicó por primera vez en Texas y luego se popularizó en todo Estados Unidos con el llamado autocine: una gran pantalla que podía verse desde los asientos de los coches en el parking.