Decía el escritor portugués José Saramago que existen dos superpotencias en el mundo; “una es Estados Unidos; la otra eres tú”. El Premio Nobel de literatura se refería a la enorme capacidad que tenemos los seres humanos para salir adelante; a cómo, si nos lo proponemos, podemos transformar, crear y revolucionar nuestra realidad. El sábado, 9 de junio, un equipo de personas usó esos “poderes” para salvar una vida. Este post quiere ser un reconocimiento sincero y un homenaje a todos esos héroes y heroínas desconocidas que nos rodean.

Héroes y heroínas anónimas, todos podemos salvar una vida
Sonia Inmaculada Jiménez, Berta Fernández, Sheila García y Patricia Piñas habían viajado a Granada para asistir al Congreso Nacional Semicyuc, “Medicina intensiva: atención VIP al paciente crítico”. Las enfermeras de la UCI del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz de Madrid habían llegado un día antes para conocer a la madre de Sonia, que es natural de Granada y, ya de paso, disfrutar también de la ciudad.

Por la tarde fueron a los baños árabes, Hammam Al Ándalus. Al salir de las instalaciones de la calle Santa Ana tenían prisa porque habían quedado con otras compañeras para cenar. Pero en vez de correr, se entretuvieron en la puerta de la iglesia de San Gil y Santa Ana. ¿El motivo? encontrarse con una boda. “Íbamos con un poco deprisa, pero paramos porque un novio estaba esperando a la novia. Y estuvimos 15 minutos esperando hasta que llegara la novia”, nos cuenta Patricia Piñas. “Fíjate como es el destino, si nos hubiéramos ido corriendo, el señor ahora mismo no estaría vivo”.

El señor al que se refiere Patricia es Victoriano. Un hombre que paseaba con su mujer por la calle Reyes Católicos la tarde del sábado 9 de junio. Y que de repente cayó fulminado al suelo. El destino hizo que en ese justo momento, Walter Andrés Ramírez Lajones y Gilda Kaminsky Lara, doctores mexicanos, salieran de un taxi. Habían estado visitando el mirador de San Nicolás. Y también estaban en la ciudad por el congreso de intensivistas. Organizado por Semicyuc, la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias.

Álter y Gilda corrieron a socorrer a Victoriano. Y justo Patricia, Berta, Sheila e Inmaculada pasaban por allí e improvisaron un equipo rápidamente. “Aunque nosotras somos compañeras y trabajamos en la misma UCI, no conocíamos de nada a Walter ni Gilda. Pero nos pusimos manos a la obra. Y cada uno adquirió el rol que tenía que adquirir y fue todo rodado. Ni en el hospital sale así de bien”.

Fue en ese momento cuando el improvisado equipo de profesionales sanitarios comprobó que Victoriano no tenía pulso. Y comenzaron la reanimación cardiopulmonar. “Empezó Gilda, la doctora, y fuimos turnándonos cada minuto. Porque las maniobras de RCP cansan muchísimo. Y si tú estás cansado dejas de hacer bien la RCP. Y deja de ser efectiva”, nos cuenta Patricia.

Al rato, no saben quién porque todo fue muy rápido, alguien les llevó un desfibrilador automático. “Este aparato analiza la actividad eléctrica que tiene el paciente y te recomienda en caso de que tenga una arritmia, es decir que su corazón vaya súper rápido, desfibrilarle o si no tiene pulso que continúes con el RCP. Le dimos una descarga y continuamos con la reanimación. Volvimos a mirar y comenzó a tener un pulso lento. Lo pusimos de costado para que no se tragara la lengua o por si vomitaba y el señor empezó a abrir los ojos, a obedecer órdenes y a decirnos con la cabeza que se encontraba bien”. Patricia nos cuenta que, aunque en estos casos hay riesgo de daño cerebral porque el oxígeno no llega bien al cerebro, Victoriano estaba perfectamente.


En ese momento Patricia y sus compañeras fueron conscientes de todo el círculo de gente que se había formado alrededor. “Es curioso porque tienes la capacidad de olvidarte de todo lo que te rodea y concentrarte en lo que estás haciendo. Yo no recuerdo ni a gente gritándonos, ni aplaudirnos… no recuerdo a nadie. Solo recordamos estar allí con el señor”.

Cuando Victoriano recuperó el pulso todos se abrazaron y se pusieron a llorar, familia y equipo sanitario. “Solo un 15% de las paradas cardiorespiratorias que suceden en la calle salen bien, era algo excepcional. Fue todo un cúmulo de buenas circunstancias”. Aunque han pasado varios días, Patricia nos confiesa que aún se emociona y se le ponen los pelos de punta al recordarlo. Nosotros también nos emocionamos al hablar con ella. “Aunque lo vivimos a diario en el hospital, cuando te pasa algo así en la calle te da la sensación de estar en una película”, nos explica Patricia, ya que en el hospital tienen todos los medios necesarios para afrontar una situación así.

La vida de Victoriano se pudo salvar porque un equipo de profesionales pasaba por allí en el momento preciso y supo actuar frente a esta situación. Sin embargo, Patricia insiste en que, “este tipo de maniobras se puede aprender. Yo recomiendo a todo el mundo que haga un curso de RCP y que haya desfibriladores en todos los sitios posibles porque nosotras actuamos con rapidez, pero si no llegamos a tener el desfibrilador Victoriano no hubiera sobrevivido porque necesitábamos esa carga eléctrica”.

Le explicamos a Patricia que queremos contar su historia para rendir homenaje a los héroes y heroínas anónimas que no miran hacia otro lado. “Es una de las cosas más emocionantes que me ha pasado en la vida”, continúa. “Una situación así nos cambia la vida a nosotros y también les cambia la vida a ellos (paciente y familia). Así que se te llena el pecho de orgullo porque es una profesión que muchas veces no está bien reconocida”.

Precisamente eso es lo que queremos hacer, reconocer la vocación y la entrega de estas personas que dejan de lado la relajación, las vacaciones, el tiempo libre o sus necesidades personales, para salvar lo más preciado que una persona puede tener, su vida. A Victoriano se le alinearon los astros porque afortunadamente entre nosotros hay muchas estrellas desconocidas como nuestros protagonistas.