En estos días de febrero asistimos a la fiesta más libre del año:  el brillante carnaval de luces y de deseo que celebra la alegría sin límites o, lo que es lo mismo, la trastienda de la existencia encorsetada.

Uno se disfraza o se pone máscaras que le convierten en otro. Uno baila y canta y sale a las calles enarbolando la pancarta grande de la vida. De repente, todos parecen moverse en un mundo nuevo.

En el calendario muy pronto llega la Semana Santa y el dolor del Viernes Santo. Por eso, el carnaval quiere redimir a los hombres del posible dolor futuro y dibuja un fresco de felicidad y libertad sin obstáculos. Es el carnaval de la rutilante paganía frente a lo religioso; el carnaval de mirar más allá de la moral tradicional, y también amalgama de distintas culturas y de origen secular, ya que el ser humano siempre ha necesitado de una ranura de emancipación frente a las normas estrictas, sobre todo en épocas pasadas, en las que el catolicismo imponía reglas que solo podían transgredirse durante unos días antes de la cuaresma.

Actualmente, se presenta como parte de la cultura popular con manifestaciones muy diversas, según la localización: desde el baile a las caretas, la canción, los disfraces y el cambio de identidades nuevas y permisivas.

Se trata de una fiesta de altas cumbres en Río de Janeiro, el carnaval del mundo por excelencia, pero que tiene también su mejor representación escénica aquí en España en Canarias y en Cádiz, por ejemplo, y se festeja con algarabía callejera en ciudades como Málaga o Águilas (Murcia).

Así como también en otros lugares extranjeros de referencia mundial, como Venecia (Italia), Barranquilla (Colombia), Veracruz, Michoacán, Mérida y Puebla (México), La Habana (Cuba), Buenos Aires (Argentina), Oruro (Bolivia), Niza (Francia), Aalst (Bélgica) o Quito (Ecuador), pues ocupa gran parte de la geografía latinoamericana y europea, de tradición católica.

El carnaval supone esplendor que anuncia la primavera y por tanto expresa elementos y valores celebratorios: el agua, el brillo, la tolerancia, lo sensual, lo extraño, lo cotidiano, lo raro, lo grandioso. En algunos sitios es una rara oportunidad para la canción protesta o irónica contra el poder, o bien para la canción con base en lo tradicional y en la actualidad, tal es el caso de Cádiz, donde desde el siglo XV ha sido su fiesta más querida por sus ciudadanos, y que cada año renueva su repertorio con sus chirigotas o pasodobles. El carnaval canario tiene su origen en el siglo XV y destaca entre otros por su tremenda capacidad para crear escenografías y espectaculares trajes, que sorprenden por su laboriosidad y extravagancia.

En definitiva, disfrutemos de este carnaval de lentejuelas, humor y personalidades prestadas, de fiesta pagana contra lo correcto. Luego ya vendrán la rutina y la cordura, pero al menos por unas semanas se nos ha concedido el pleno albedrío y el júbilo de una fiesta sin cortapisas.

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