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Septiembre no es enero

Hemos decidido que septiembre es un mes para empezar. Estrenamos agendas, recuperamos proyectos, volvemos al gimnasio, reorganizamos horarios y llenamos las primeras semanas de objetivos. Después del paréntesis del verano, septiembre se parece cada vez más a un segundo enero: otro momento del año en el que sentimos que toca poner todo de nuevo en …

Hemos decidido que septiembre es un mes para empezar.

Estrenamos agendas, recuperamos proyectos, volvemos al gimnasio, reorganizamos horarios y llenamos las primeras semanas de objetivos. Después del paréntesis del verano, septiembre se parece cada vez más a un segundo enero: otro momento del año en el que sentimos que toca poner todo de nuevo en orden.

Pero hay algo extraño en esa idea.

Porque mientras nosotros aceleramos, el ciclo natural hace exactamente lo contrario.

A finales de septiembre llega el equinoccio de otoño. Los días se acortan, las temperaturas comienzan a descender y la nueva estación se instala gradualmente. No hay un corte entre verano y otoño, sino un periodo en el que ambos conviven.

Septiembre no es un comienzo abrupto. Es una transición.

Quizá nuestra vuelta también debería serlo.

Volver también requiere adaptación

Durante el verano no solo cambia lo que hacemos, sino cuándo lo hacemos. Es habitual acostarnos y levantarnos más tarde, desplazar las comidas, modificar nuestra actividad física y, en general, vivir con horarios menos estructurados.

Nuestro organismo se adapta a esas variaciones. Y cuando llega septiembre, tiene que realizar el proceso inverso.

Aunque podamos modificar la alarma del despertador de un día para otro, recuperar un ritmo necesita algo más de tiempo. El cuerpo se apoya en la repetición y la regularidad para organizar muchos de sus procesos cotidianos.

Aquí intervienen también nuestros ritmos circadianos, ciclos de aproximadamente 24 horas que ayudan a ordenar diferentes funciones del organismo. Sin entrar de nuevo en el papel de la luz, hay otras referencias que contribuyen a estructurar nuestro día: a qué hora dormimos, cuándo comemos o en qué momento realizamos actividad física.

Cuando todas cambian a la vez, necesitamos reajustarnos.

Por eso los primeros días de vuelta pueden sentirse diferentes. No se trata necesariamente de falta de energía o de voluntad: estamos recuperando una estructura que durante semanas había sido otra.

¿Empezar o recuperar?

Sin embargo, septiembre no suele dejarnos mucho margen para esa adaptación.

Además de volver al trabajo y recuperar horarios, nos proponemos hacer más ejercicio, comer mejor, retomar proyectos o incorporar nuevos hábitos. No solo queremos volver: queremos volver mejor.

Quizá ahí esté la diferencia fundamental con enero.

En septiembre no partimos de cero. Venimos de otro ritmo.

Por eso, antes de preguntarnos qué queremos empezar, puede tener más sentido preguntarnos qué necesitamos recuperar.

Regularizar el descanso. Ordenar de nuevo las comidas. Retomar progresivamente el ejercicio. Recuperar momentos de pausa dentro de una agenda que vuelve a llenarse.

No significa renunciar a los propósitos, sino darles un lugar cuando nuestra rutina haya recuperado cierta estabilidad.

El propio cambio de estación ofrece una referencia sencilla. El equinoccio tiene una fecha concreta; el otoño, en cambio, llega progresivamente. La temperatura, la luz y el paisaje necesitan semanas para transformarse.

Nosotros también podemos permitirnos esa transición.

Volver sin hacerlo todo de golpe

En Hammam Al Ándalus, la pausa propone precisamente un cambio temporal de ritmo. El recorrido por las termas, las diferentes temperaturas del agua, el masaje y un entorno con menos estímulos introducen un intervalo dentro de la actividad cotidiana.

En septiembre, cuando tantas cosas vuelven a ponerse en marcha al mismo tiempo, hacer espacio para esa pausa puede formar parte de la propia adaptación.

No para detener la vuelta, sino para acompañarla.

Porque septiembre no es enero. Antes de llenarlo de nuevos propósitos, quizá podamos dedicarlo a algo más sencillo: recuperar nuestros ritmos poco a poco.

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