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¿Qué ocurre en el cerebro cuando entramos en contacto con el agua?

¿Por qué una misma persona puede describir sensaciones parecidas al sumergirse en el mar, entrar en una piscina o recorrer un hammam? Solemos responder con palabras como calma, descanso o relajación, aunque pocas veces nos detenemos a pensar qué está ocurriendo realmente para que aparezcan esas percepciones. Durante mucho tiempo, la respuesta perteneció únicamente al …

¿Por qué una misma persona puede describir sensaciones parecidas al sumergirse en el mar, entrar en una piscina o recorrer un hammam? Solemos responder con palabras como calma, descanso o relajación, aunque pocas veces nos detenemos a pensar qué está ocurriendo realmente para que aparezcan esas percepciones.

Durante mucho tiempo, la respuesta perteneció únicamente al terreno de la experiencia. Hoy, la neurociencia y la fisiología empiezan a explicar algunos de los mecanismos que intervienen cuando el cuerpo entra en contacto con el agua. Y lo primero que revelan es que el protagonista de esa experiencia no es únicamente el agua, sino la forma en que el cerebro interpreta todo lo que sucede a su alrededor.

El cerebro no percibe el agua. Percibe información.

Existe una idea bastante extendida según la cual el cerebro «desconecta» cuando nos relajamos. En realidad, ocurre justo lo contrario.

El cerebro nunca deja de trabajar. Incluso cuando dormimos continúa procesando información procedente del exterior y del propio organismo. Una de sus funciones principales consiste en interpretar continuamente el entorno para responder a una pregunta muy sencilla: ¿qué está ocurriendo a mi alrededor?

Para hacerlo no analiza una única señal, sino cientos de ellas al mismo tiempo.

La temperatura sobre la piel, la presión que ejercen los objetos sobre el cuerpo, la intensidad de la luz, el sonido ambiente, la humedad del aire o la posición de las articulaciones son solo algunas de las variables que procesa de manera constante. Cada una viaja por vías nerviosas diferentes y llega a distintas áreas cerebrales, donde se integra con el resto de la información.

Por eso, cuando entramos en contacto con el agua, el cerebro no recibe un único estímulo. Recibe una combinación muy particular de señales que modifica la manera en que interpreta el entorno.

Una experiencia construida a partir de muchos estímulos

Cuando pensamos en un baño solemos prestar atención al agua. Sin embargo, la experiencia comienza mucho antes.

La piel, el órgano sensorial más extenso del cuerpo, detecta inmediatamente el cambio de temperatura y el contacto uniforme del agua. La musculatura responde de forma distinta al calor. El sonido continuo del agua atenúa otros ruidos más imprevisibles. La humedad modifica la percepción del ambiente y la arquitectura contribuye a crear unas condiciones sensoriales diferentes de las que encontramos en la vida cotidiana.

Ninguno de estos elementos explica por sí solo la experiencia, es la combinación de todos ellos la que el cerebro integra como una única situación.

Curiosamente, esa misma idea aparece una y otra vez cuando estudiamos la historia del hammam. En otros artículos de este blog hemos hablado de cómo la arquitectura andalusí utilizaba la luz, el agua, la temperatura o el recorrido por los distintos espacios para construir una experiencia determinada. Hoy sabemos que esos elementos no actuaban de manera aislada. El cerebro tampoco los procesa por separado.

Lo que investiga hoy la ciencia

Comprender cómo responde el organismo a este conjunto de estímulos es precisamente una de las líneas de investigación que desarrolla el Dr. Manuel Arroyo Morales, catedrático de Fisioterapia de la Universidad de Granada y director de la Cátedra de Bienestar y Salud de Hammam Al Ándalus.

Su equipo estudia cómo la combinación de agua, calor, masaje y un entorno cuidadosamente diseñado influye sobre distintos indicadores fisiológicos relacionados con la regulación del organismo. El interés de estas investigaciones no reside en encontrar un único factor responsable de los efectos observados, sino en comprender cómo el cerebro integra todos esos estímulos como una experiencia coherente.

Este enfoque resulta especialmente interesante porque se aleja de una idea muy habitual: pensar que existe un único elemento capaz de explicar por sí solo lo que sentimos. En realidad, la respuesta del organismo suele depender de la interacción entre múltiples factores que actúan al mismo tiempo.

Una tradición observada durante siglos

Mucho antes de que existieran técnicas para estudiar la actividad cerebral o medir determinados indicadores fisiológicos, quienes construían y utilizaban los hammam ya habían observado algo esencial: ciertas condiciones producían respuestas similares en muchas personas.

No podían explicar qué circuitos nerviosos participaban ni qué mecanismos fisiológicos estaban implicados. Lo que sí podían hacer era observar.

Sabían que el recorrido por diferentes salas, la alternancia de temperaturas, el agua, el masaje, la luz tamizada o el silencio transformaban la experiencia del baño. A partir de esa observación fueron perfeccionando un modelo arquitectónico y cultural que se extendió durante siglos por buena parte del mundo islámico y, en particular, por Al-Ándalus.

La ciencia no viene a sustituir ese conocimiento construido desde la experiencia. Viene a ofrecer nuevas herramientas para comprenderlo.

Una pregunta que sigue abierta

Todavía quedan muchas cuestiones por responder sobre cómo el cerebro construye nuestra percepción del entorno. Cada año aparecen nuevas investigaciones que amplían ese conocimiento y ayudan a entender mejor la relación entre el cuerpo, los sentidos y los espacios que habitamos.

Quizá esa sea una de las razones por las que el hammam sigue despertando interés siglos después de su origen. No solo porque forme parte de un valioso legado histórico, sino porque reúne una combinación de estímulos cuya influencia sobre el organismo continúa siendo objeto de estudio.

En el fondo, la pregunta ya no es únicamente qué ocurre cuando entramos en contacto con el agua.

La pregunta es cómo interpreta el cerebro una experiencia en la que el agua, la temperatura, la arquitectura, el sonido y el tacto dejan de ser elementos independientes para convertirse en un único paisaje sensorial.

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