Siempre he pensado que un buen masaje es más que relajación; es un acto de cuidado profundo, introspectivo, íntimo. Lo que viví con NAFIRI, el nuevo servicio de Hammam Al Ándalus, superó mis expectativas y hoy te lo cuento aquí.


Llegar al Hammam en Málaga, mi ciudad, es ya un ritual: callejear por el centro hasta llegar, cruzar el zaguán, sentir la temperatura cálida y dejar que la luz y los aromas marquen el inicio del viaje. Te sale sonreír, con ilusión y asombro. Esa preparación no es solo estética: activa la circulación, despierta la energía y prepara el cuerpo y el alma para recibir la experiencia.

Primero, el “Viaje del Agua” a través de las termas: cambios de temperatura, silencios que no lo son, pero que te silencian por dentro. Vapor, calor, frío, agua… y tu cuerpo que se rinde al momento y lo disfruta. Luego llega el masaje.

Empecé expectante. Había oído hablar de NAFIRI, el nuevo masaje vascular integral, pero no sabía exactamente qué me esperaba. Cuando me tumbé en la camilla, empezó un viaje completamente nuevo. El masaje no se limita a tocar: te recorre con gentileza absoluta, empezando por los pies, continuando por las piernas y terminando en la cabeza y el cuero cabelludo. Cada gesto es medido, lento, consciente. Aquella lentitud no solo me permitió relajarme, sino también sentir cada movimiento como un estímulo que despierta la circulación y revitaliza.

Fue como una meditación que se expande, recorriéndote por dentro, de manera profunda. La respiración guiada y los aromas de los productos de El Jardín de Hammam potenciaban la oxigenación celular y liberaban cualquier sensación de pesadez. Sentí cómo mi energía vital se reactivaba y cómo mi cuerpo respondía al cuidado con ligereza y un Biensentir real. 45 minutos que se pasan volando, pero que te aportan tanto, que aquello permanece en ti.

Algo que me sorprendió y se mantuvo muy dentro fue el ritmo pausado y generoso del masajista: cada gesto, desde la lentitud más consciente, te invitaba a soltar la prisa, a habitar el momento. Esa calma generó una sensación muy placentera y segura, que no solo relajaba la musculatura, sino que despertaba mi sistema vascular y linfático; empecé a flotar.

Salir de la camilla fue como reaparecer en el mundo con otra percepción: piernas ligeras, mente clara y una energía que recorría todo en mí. NAFIRI no es solo un masaje, desde luego. Es un cuidado integral, un ritual holístico que combina técnica, presencia y respiración para generar un bien-estar profundo y duradero.

Esta experiencia me recordó que el verdadero cuidado no es rápido ni superficial: es un acto de atención plena que conecta con cada parte de nuestro ser, nos enseña a escuchar nuestros ritmos y nos devuelve la sensación de estar completos y presentes. Si lo consigues, te acompaña durante el resto del día (y más allá).

Si quieres tú también experimentar esta sensación, te invito a descubrir NAFIRI: un viaje que transforma la percepción de tu propio cuerpo y la manera de habitar el mundo.

Olga Sicilia
@olsicilia