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Queridos lectores del blog, amantes de la cultura del agua del Hammam:
Aprendemos incluso en la adversidad. En estos días de encierro, sabemos de miles de personas que se han convertido en héroes de esta crisis sanitaria provocada por el coronavirus. No hablamos de políticos, líderes, intelectuales, lumbreras. No, aquí la ciudadanía ha demostrado que los héroes son anónimos y pequeños, grandiosos y sin hazañas. Mientras sigue el ritmo de contagiados y muertos, con la tristeza sin límite por los que caen, inquietos por nuestra propia suerte, surgen los héroes debajo de la piedras:

Cada día, las enfermeras extreman sus cuidados en los hospitales, muchas se contagian, pero no sin haber ofrecido sus cuidados.

Cada día, el panadero prepara los panes para que no falten en la mesa, madruga en la madrugada mientras dormimos, para que no nos falte este bien de primera necesidad.

Cada día, la cajera de supermercado, con sus guantes y a veces su mascarilla, pasando artículos y cobrando sin recargo de peligrosidad.

Cada día, el médico en urgencias, en los análisis, en las clínicas, sin pedir aumento de sueldo, sin hacerse la víctima, entregándose en sus conocimientos y en su humanidad.

Cada día, el empleado que controla que siga funcionando la luz en su distrito, sin perder el sueño, sin entregarse al sueño que quisiera, porque sabe que la vida se hace cuando se hace la luz en cada hogar.

Cada día, el repartidor de comida a domicilio, con su bici o motocicleta, ganando salario mínimo o tal vez menos, pero llegando a punto de quitarnos el hambre.

Cada día, madres que se arriesgan para comprar alimentos en los mercados cercanos, para que no falte leche o carne, cubriendo distancias pequeñas o grandes, madres infinitas.

Cada día, padres que deben salir al trabajo a pesar de lo que caiga, en el taxi, en el autobús, en la fábrica. Para ellos no hay tregua ni trabajo en casa, solo salir a ganarse el pan, como siempre. Y por los demás, para que sigamos teniendo los servicios de siempre.

Cada día, el agente de policía cuidando el barrio, pendiente de la ley, sin revoluciones ni terrorismo ni antidisturbios, solo el agente a pecho descubierto, cumpliendo su horario en la calle para preservar el bien común. Así nos gustan los cuerpos de seguridad, solo para proteger, solo para ser ángeles custodios.

Cada día, la cuidadora de una persona mayor, que pasa la noche en vela, el día preparando comida, lavando, cambiando sábanas, como si su vida dependiera de que el mayor sobreviva.

Cada día, profesores que desde la plataforma digital están asistiendo al aprendizaje de sus alumnos, preparando lecciones, atendiendo correos y consultas.

Cada día, limpiadoras de hospitales, centros públicos y privados, casas de todo el país, que no saben de teletrabajo ni de vacaciones pagadas ni de días de encierro. Ellas van a su labor como todo el año, porque su labor es imprescindible.

Cada día, científicos, investigadores que se afanan por encontrar vacunas, medicamentos, soluciones.

Cada día, los héroes que ni saben que son héroes. Pero lo son. Gracias.

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