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Nunca han sido tan necesarias las mascotas como ahora que vivimos confinados y necesitamos afecto desinteresado para ir sobreviviendo en la lucha. Es decir, salud afectiva. Nunca hemos comprendido mejor el beneficio que proporcionan nuestros animales a la existencia diaria.

Los animales domésticos no temen vivir encerrados, porque le temen más al miedo del desafecto y del abandono. La intemperie les resulta más peligrosa que cualquier virus. Cuanto más en contacto en su relación con sus dueños o padres adoptivos, mejor. No somos dueños de nada, ni siquiera de un animal.

En estos días, las mascotas no solo nos acompañan fieles, sino que nos disfrutan por tantas horas que necesitan para formar parte de la familia, para ser un miembro más de ella.

La mayoría de la población humana tiene perros o gatos, pero también hay quienes conviven con pájaros (el periquito, el loro, el gorrión, el canario) o con tortugas o conejos o cerdos o peces o hámsteres o monos.

Luego, hay una minoría que se atreve a convivir con animales menos domésticos: serpientes, lagartos, iguanas, arañas…

En fin, distingamos entre esos animales, que realmente nos acompañan en relación recíproca de afecto, y otras extravagancias que tal vez sean interesantes, pero que carecen de la reciprocidad del cariño. Una serpiente puede resultar muy atractiva (o lo contrario), pero no parece capaz de ofrecer empatía y amor.

Perros y gatos sobre todo nos seducen con su inteligencia y empatía, permiten amarnos mutuamente entre humanos y mascotas. Los necesitamos en el devenir del día por todo cuanto ofrecen y sobre todo por todo cuanto les damos. Somos familia. A veces también los pajaritos o los conejos nos proporcionan su canto o su cercanía.

No es raro que siempre, y más ahora, compartamos tiempo y experiencias con nuestros animales más queridos. No solo el paseo y las sorpresas, sino también el sueño, la comida, las siestas, el espacio común, algunas actividades: se nos ponen en el regazo mientras vemos televisión, por ejemplo.

Una corriente de ternura nos atraviesa al mirarlos, comunicarnos y compartirnos. Los niños juegan con ellos sin parar y suponen una fuente de ejercicio y ratos de ocio. Sus grandes ojos o su pequeño aletear nos emocionan, sus orejas nos hablan, sus ladridos o maullidos nos alertan, su pelaje nos reconforta.

Cada minuto en compañía viene a convertirse en una vitamina imprescindible para todo nuestro organismo.

Nunca han sido más necesarias nuestras mascotas para la salud mental. Nunca las hemos querido más y nos han querido más que en este momento de precariedad y soledad entre cuatro paredes.

Por eso, proponemos un homenaje para ellas, por su fidelidad, y deseamos que todos aquellos que tienen mascotas se hagan responsables de su bienestar, en comunión con la salud propia.

El amor no se trata solo de una fantasía concretada entre los humanos. El amor no conoce límites. El hombre ha practicado la domesticación y el amor con algunos animales para trascender el mero instinto y evolucionar en su género, tanto en la razón como en los sentimientos.