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Palomas al vuelo, aves okupas de todas las ciudades. Palomas en cada parque, tejado, terraza, plazas y calles. Aunque símbolos de la paz y la armonía, las palomas han declarado la guerra a nuestro entorno urbano, compitiendo con el hombre por ocupar todo el espacio. Ya no se distingue si tenemos un problema con las palomas o con nosotros mismos. Si lo meditamos un momento, tal vez las palomas están librando su propia batalla: nos invaden, ofendidas y en rebeldía, por traicionarlas desde hace siglos, por usar su imagen en vano, por hablar de paz en su nombre, cuando esa palabra resulta mentira. Comienza un año y hay que hacerla verdad.

Recordemos que, en la Biblia, Noé soltó una paloma del arca, tras el Diluvio, para saber si ya se habían secado las aguas. La paloma regresó a los siete días portando una rama de olivo. Así, con esa metáfora, volvía a comenzar la vida, pues el Creador estaba en paz con su pueblo. Pues bien, el 21 de cada septiembre  se proclamó el Día Internacional de la Paz, por acuerdo en 1981 de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Pablo Picasso convirtió sus dibujos de paloma en símbolo universal de la paz, en figura tan reconocible como al parecer ignorada antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Se convocó el Primer Congreso Mundial de Partidarios de la Paz en 1949, con la finalidad de que jamás se repitiera la catástrofe de la guerra. Picasso fue el encargado del cartel: ahí se presentó inmortal su paloma como icono moderno, casi sagrado, para que estuviera por encima de cualquier tentativa de conflicto.

No hemos aprendido. Hemos seguido por el derrotero de la violencia y la guerra, buscando argumentos y causas irrefutables: el petróleo (varias guerras en Irak desde 1980), la demostración del poder y la venganza (Afganistán, 2001-2014), las supuestas razones étnicas y religiosas (antigua Yugoslavia, 1991-2001, y el terrorismo islámico), el derrocamiento de un régimen y lo que subyace (Siria, desde 2011 hasta ahora), el intento de exterminio (Ruanda, 1994), el conflicto territorial (Israel y Palestina, desde 1948 hasta hoy mismo), contra la democracia de muchos países (Chile, 1973 o Argentina, 1976). Solamente nombramos algunos hechos, pues necesitaríamos miles de páginas para no olvidar ninguno.

En definitiva, no hay día en este mundo sin guerra. Enarbolamos una paloma o una bandera blanca, pero seguimos disparando desde muchas trincheras. Hoy se han sofisticado las balas, pues no solo se bombardea desde el cielo, sino desde la economía y los medios de comunicación.

En todo caso, esta es una nueva ocasión para hacer valer la conciencia y los derechos humanos. Este Día de la Paz no debería pasar de largo sin dedicarle un pensamiento.

Queremos de verdad que los medios no informen de ninguna muerte más, producto de algún enfrentamiento. Queremos de verdad la paz y palomas blancas sobrevolando los países en calma. De verdad banderas blancas, sin identidad, sin colores, sin nacionalidades. De verdad la calma entre las aguas del Hammam sin que afuera en el mundo caigan bombas.

¿De verdad alguna vez seremos lo suficientemente humanos para encontrar la paz?