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Mayo representa el mes de las flores en parques y jardines, en patios y terrazas, en la intimidad del hogar y en las junglas. No hay mayor belleza en esta estación que la floración y apenas la disfrutamos. Y mucho menos en estas semanas de confinamiento. En todo caso, la presencia de las flores, nombrarlas y mirarlas nos traslada a un retazo de naturaleza sublime que siempre estará aquí para sensibilizarnos. Vamos entonces a la búsqueda de una emoción que solo ellas pueden provocar.

El título de este post pertenece a una película notable de Icíar Bollaín, Flores de otro mundo, en la que se hace eco de las mujeres inmigrantes que llegan de América Latina, intentando adaptarse a nuestro país. Resulta adecuado el título y su trasfondo para hablar de tantas flores autóctonas y foráneas, tan raras como bellas, tan cotidianas como inadvertidas para intentar adentrarnos en el colorido mundo de las flores con el objetivo de celebrar la primavera.

Hay flores que nos sorprenden por su forma, por su aroma, por su rareza o por su encanto sencillo. Las margaritas, por ejemplo, tan simples, las hemos usado siempre para el juego del sí y el no, tirando de sus pétalos. Las rosas, en especial las rojas, suponen un símbolo universal del amor. Pero hay más.

Cómo es posible que la naturaleza haya creado el corazón sangrante, una flor que simula el dibujo que todo amante reconoce.

Petunias, lirios, camelias, girasoles, lantana, tulipanes, orquídeas, dalias, narcisos, crisantemos, todas, según diferentes culturas, poseen un significado especial y simbolizan sentimientos y deseos.

En un patio de Córdoba el geranio provoca envidia en los claveles.

En cualquier prado la lavanda se alza sobre los jaramagos.

En cualquier parque mediterráneo el ave del paraíso ningunea tan altivo a las violetas.

En las aguas el nenúfar reina sobre la cala, el jacinto o el papiro.

En la montaña, las flores silvestres compiten con el rojo amapola de los prados. Y las flores de cerezo conversan con las del almendro.

Entre flores se retan en hermosura, cada cual más orgullosa de surgir en medio del asfalto, de la selva, del cemento, del frío y la nieve, del sol excesivo y del bosque sombrío, del desierto más seco y del vergel más húmedo. Reinas entre el verde y la aridez, ellas son únicas.

Flores aromáticas para distraer la rutina, para embriagarse de nocturnidad con la dama de noche, los nardos, el azahar, el romero, el arrayán o los jazmines. Pétalos que se abren al aire o el agua para que no olvidemos la trascendencia de lo natural.

Hay que aprender el lenguaje de las flores y su fecha de caducidad, del que hablaremos.

Aprender que su belleza resulta tan sublime como efímero, pero tanta belleza bien vale una vida.

Aprender que no todas las flores son las de nuestra casa o país, sino que surgen en todas partes. Aceptarlas como flores de otro mundo recónditas y esplendorosas para asumirlas como propias.

Aprender que en cada flor hay unas gotas del agua que todos necesitamos. En sus pétalos, su savia y su pequeña grandeza.