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Durante ocho siglos, la Península Ibérica estuvo bajo el poder musulmán. Ese período de esplendor dio lugar a un legado multicultural único, pues la convivencia de musulmanes, cristianos y judíos convirtió nuestras ciudades en centros de aprendizaje y progreso, dando origen a avances científicos, artísticos y filosóficos claves para nuestra civilización. La coexistencia de diversas culturas, saberes y religiones fue el germen de la riqueza de una herencia que todavía hoy disfrutamos. Te damos la bienvenida a este viaje por la historia de Al-Ándalus.

Marcando el tiempo: cronología de Al-Ándalus

La historia de Al-Ándalus se extendió desde el año 711 al 1492. Pero no siempre ese territorio fue el mismo. La conquista musulmana llegó hasta lo que hoy en día conocemos como España, Portugal, Francia, Andorra y Gibraltar, aunque ocupando mayor o menor extensión dependiendo de cada período.

El inicio de la historia de Al-Ándalus comenzó cuando 18.000 combatientes, bajo las órdenes de Tariq ibn Ziyad -el lugarteniente del entonces gobernador del Norte de África, Musa ibn Musayr- se trasladaron desde Ceuta y Tánger hasta Gibraltar, aprovechando la decadencia de la monarquía visigoda.

Los ejércitos de Don Rodrigo fueron derrotados en la batalla de Guadalete y, en apenas tres años, las tropas musulmanas ya habían completado su ocupación en la Península, salvo en algunos territorios de Cantabria y los Pirineos. Los asturianos detuvieron el avance en la batalla de Covadonga (722) y los francos hicieron lo propio en Poitiers (732) para frenar su extensión por Europa.

En esos primeros años, grupos y familias árabes del Norte de África, así como beréberes del Magreb, penetraron en la Península hasta asentarse.

Tras la conquista, Al-Ándalus se integró en el Califato Omeya, que gobernaba en Damasco, hasta que en el año 756 se produjo una ruptura en la dinastía que terminó con la fundación del Emirato de Córdoba a manos de Abderrahman, un príncipe omeya huido de Damasco.

Comenzó una época de brillo cultural en la que, sin embargo, se sucedieron hasta ocho emires. Fue en el año 929 cuando Abderrahman III fundó un califato para independizarse por completo de Oriente. Así comenzó una etapa de esplendor en la ciencia, la poesía, la filosofía o la arquitectura, con la construcción de la mezquita de Córdoba o de la ciudad palatina de Madinat al-Zahra.

El mosaico cultural de los reinos de taifas

Pese al esplendor que se vivía entonces, la historia de Al-Ándalus también se vio expuesta a la inestabilidad y el Califato Omeya fue abolido tras más de veinte años de guerra civil.

La división fue tal que, en la lucha por el poder, las grandes familias árabes, beréberes y muladíes se establecieron en los conocidos como reinos de taifas, entre los que destacaron los de ciudades como Granada, Toledo, Zaragoza, Sevilla o Almería.

Esa división, sin embargo, fue aprovechada por los cristianos para avanzar, obteniendo victorias tan significativas como la protagonizada por Alfonso VI en Toledo en 1085.

Los almorávides y almohades en la Península

A finales del siglo XI, en el Magreb occidental surgió la dinastía almorávide, un nuevo movimiento político y religioso de una tribu beréber al que los reinos de taifas tuvieron que pedir ayuda para detener el avance cristiano.

Fue entonces cuando los almorávides penetraron en la Península Ibérica para plantar cara a Alfonso VI y, de paso, tomar el gobierno de Al-Ándalus y acabar con los reinos de taifas.

Eso no les impidió perder territorio a manos cristianas, lo que dio pie a los almohades -un nuevo movimiento religioso también surgido en el Magreb- a tomar el relevo en la Península.

Los almohades, que eligieron Sevilla como capital, dieron algo de estabilidad a Al-Ándalus, lo que se tradujo en prosperidad económica y también cultural. Sin embargo, su declive comenzó con la derrota en 1212 en la batalla de las Navas de Tolosa a manos de los ejércitos de Castilla y Aragón.

La dinastía nazarí y el legado perpetuo de Al-Ándalus

Al avance cristiano sólo resistió el reino de Granada, con la dinastía nazarí al frente. Aguantó 250 años como el último territorio musulmán de la Península Ibérica, dejando huellas culturales tan esplendorosas como la Alhambra y el Generalife.

Finalmente, en 1492, las tropas cristianas recuperaron la ciudad de Granada, entregada por el último rey nazarí, Boabdil, quien acabó cruzando el Estrecho para instalarse en Fez. Fue el final de la historia de Al-Ándalus pero no de su herencia.

¿Aún no conoces los baños árabes de Hammam?

Al-Ándalus fue centro de transmisión y creación y el legado andalusí tuvo una gran trascendencia por su contribución a campos tan diversos como la medicina, la astronomía o las matemáticas. Sus saberes y aportaciones se convirtieron en hitos de la época y esa impronta quedó reflejada de diversas formas que todavía hoy siguen estando presentes.

Fortalezas, castillos, alcazabas… Son muchas las construcciones que todavía hoy nos recuerdan la historia de Al-Ándalus. Una de ellas son los hammam o baños árabes, que en su origen se concibieron como baños públicos que funcionaban como punto de encuentro social, con separación entre hombres y mujeres.

El baño en el mundo islámico fue adquiriendo un carácter ritual y purificador que, hoy en día, sirve como inspiración a Hammam Al-Ándalus. Entendemos el agua como medio para la salud y la curación, a través del contraste de temperaturas. Eso contribuye al equilibrio y, por tanto, al bienestar, no sólo desde el punto de vista físico sino también mental y espiritual.

Una experiencia en Hammam está diseñada para proponerte un viaje a través de los sentidos y conectar con tu naturaleza interior. Este espacio te permite seguir tu propio camino y vivir tu propia experiencia. Sólo tienes que dejarte llevar.

Hammam es la reinterpretación actual de los antiguos baños árabes, con la inspiración de la historia de Al-Ándalus, pero con un concepto muy distinto al que puedes encontrar hoy en día en otros países del mundo.