En nuestro imaginario o paisaje de la infancia siempre se planta en el centro Marisol: aquella niña bondadosa, tierna, brillante, capaz de superar la adversidad con sus canciones y su gracejo. Nuestra sentimentalidad se construía con aquella Marisol de verano y fiesta; o Marisol de Navidad y calor de invierno; de paisajes andaluces o castellanos; y después la Marisol adolescente con trenzas infantiles y vendajes en el pecho para que pareciera la niña que ya no era.

Hoy, más allá del mito, se perfila la verdad: Pepa Flores, anónima, cansada, herida de explotación, privada de la niñez, un poco estafada, ni siquiera millonaria, al borde de haber sido un juguete roto. Pero mito nacional de casi todos los que alumbramos canas, historia nacional, símbolo del franquismo contra el propio franquismo. Única en su trayectoria, consciente de haber sido instrumento para alimentar la falacia de un sistema que ocultaba la pobreza con el relumbre de los niños genios y mucha emigración y exilio.

Cuando Marisol cantaba con tanto éxito ese estribillo de que la vida era una tómbola no sabía que dictaba un simple aprendizaje del hombre: que no es verdad que todo dependa de nosotros, sino del azar, del sistema, de los familiares, de las clases y grupos sociales, del país en que nacemos, de la noria que se alza hacia el cielo o del barranco por el que podemos caer.

La vida es una tómbola, sí, aunque no siempre de luz y de color, ni siquiera cristiana ni justa. A veces sorteo de oscuridad muy negra, de mudanzas, desahucios y penurias.  Comprobamos cada día que muchos hemos superado el negro, los momentos más duros, que jugamos un boleto talismán en esa tómbola vital, por si acaso nos tocara el peluche, la muñeca pepona, el balón, la cocinita, el juego de cubiertos, los patitos que flotan en la bañera, los bonitos vasos de agua con dibujos o el colorido flotador.

La vida es una tómbola, claro. Pero hay que jugar. Y estamos aquí para adorar este juego que supone la existencia: para jugar con todas nuestras cartas nuestros boletos, nuestro esfuerzo y talento, nuestra alegría y nuestros ojos enfocados al porvenir. Con astucia, con picaresca, con una chispa de ilusión.

Es la tómbola que Marisol nos cantaba y que resuena con nostalgia en nuestros oídos.

Tómbola de despertarse cada madrugada, muy pronto, antes del gallo, para que el azar no nos pille dormidos.

Tómbola de no dejar pasar las oportunidades sin verlas, siempre en alerta.

Tómbola de correr una maratón, pero pararse a tiempo de contemplar un campo de amapolas, de acelerar y ser prudente y respetuoso a la orilla de una manifestación con consignas que exigen lo más humano. Tómbola de pedir derechos y cumplir deberes.

Y si jugamos bien, siempre con un poquito de suerte, a lo mejor nos llevamos un premio de los buenos. Incluso podría tocarnos un trabajo digno y estable, una casa propia, un alquiler barato, un utilitario, una cuenta sin números rojos, y una niña que cante que La vida es una tómbola.