“Y la tierra estaba sin orden y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo”. Así dice el Génesis en la Biblia. La creación.

Pues bien, hagamos el siguiente ejercicio sencillo. Paremos la actividad, pensemos un momento qué creamos cada día. No importa que sean cosas grandes o pequeñas, trascendentes o casi insignificantes, sino nuestra aportación creativa a la vida diaria y cotidiana:

Creamos la receta fácil del almuerzo, resolvemos un problema de matemáticas de la niña, y fabricamos la funda de un móvil o el ladrillo de un hogar futuro. Y algunos incluso crean una obra maestra que se estudiará en los museos o el texto básico de una carta o de la declaración anual de la renta.

“Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas”.

Todos lo hacemos todo el tiempo. Crear sin descanso porque vivir es crear.

Y también creamos las estaciones porque cada época del año es diferente y exige que nos adaptemos al calendario y a su clima.

Creamos la primavera que viene porque cada año cambiamos nuestro armario y nuestro cuerpo asume las nuevas temperaturas y a veces hasta cuidamos alguna planta que por fin florece, y supone un aditivo de belleza en nuestro entorno.

Creamos cada hora los objetos más bellos o cotidianos, los domésticos y los importantes para progresar. Ciencia y tecnología avanzan para nuestro bienestar mientras nosotros les damos uso.

Creamos en nosotros los gestos, la sonrisa, los abrazos, pues somos cambiantes y únicos en nuestras sensaciones cada segundo.

Creamos con las manos y con todo el cuerpo. El hecho mismo de hacer el amor es crear un instante especial y no por repetido menos especial.

Creamos también lo intangible, como los sentimientos y las emociones, el apoyo, la ternura y el enfado. Todo lo creamos sin saberlo, todo es creación.

Creamos con lo que hay, con la materia, y con lo que no se toca, y sobre todo con lo que ni siquiera conocemos.

“Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semilla, y árboles frutales que den fruto sobre la tierra según su género, con su semilla en él”, dice el Génesis.

Y ahí está la verdad histórica de la primera literatura que nos reconoce como seres humanos asentados en un espacio natural del que dependemos y que transformamos sin cesar.

Y todo fluye germinando porque:

Cultivar las fresas de temporada es crear. Comprar los alimentos de la semana es crear. Planchar las arrugas de las sábanas de nuestro lecho es crear. La caricia que ofrecemos al compañero es crear intimidad. Y las palabras que decimos en cualquier intercambio es crear ese idioma único de una relación. De muchas relaciones, pues cada minuto creamos proximidad.

Y también es crear nuestro paso por la ciudad. Y es crear nuestro saludo de buenos días. Y es crear nuestro cansancio y nuestro sueño.

Porque cada aliento de vida creamos como pequeños dioses laborables y festivos. Y porque no hace falta ser un gran dios para crear algo mínimo cada segundo.

Y porque al final del día podemos darnos cuenta de que, con infinitos mínimos, estamos creando este mundo y que este mismo mundo seguirá mañana en plena creación, incluso después de habernos ido.

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