Después de un verano caluroso, de obligaciones todo el año, de las escamas del tiempo y sus heridas, estamos cansados. En esta lucha vital nuestro cuerpo se cansa. Pero aquí está el otoño y su esperanza para renovarnos. Después de todo lo pasado, podemos experimentar un nuevo comienzo. Y empezar desde cero.

Otra vez desprenderse de la hojas que ya han cumplido su ciclo, caducas, amarillas del esfuerzo por exponer su verdor. Desprenderse otra vez y así quedarse limpio en el tronco de la vida, en la esencia, sin ramajes superfluos, cada cual pleno de horizonte y de apertura para asumir esta naturaleza que se renueva y descubre la naturaleza íntima. que necesita dejar su lastre y alimentarse de amaneceres y ocasos, pues cada otoño alumbra un porvenir. Hay que saberlo y llenarse de alegría. Ha llegado el otoño. Y este es el momento de la generosidad y el despredimiento.

Así la vida en cada estación. Así las flores y los árboles, cada planta gestando su clorofila para componer el oxígeno. Los niños que comienzan nuevo curso y la gente que inunda las calles para estrenarse en cada gesto. Así las noticias, los gobiernos, los programas. Así las aves edificando nidos y todos los animales haciendo sus camas para el frío. Así la siembra y las oficinas, neones que se encienden, semillas que germinan.

Otoño significa comunión con la naturaleza y lo real, ya exhaustos los sueños y las vivencias del veraneo y el buen tiempo, un poco más cerca de la tierra. Otoño es darse a los que importan, darnos a muchos, pero sobre todo a nostros mismos, como una dñadica que merecemos.

No hay mejor tiempo que el de enfrente, con sus lluvias, con el agua que cae para purificar lo marchito y mojar lo seco, sonido musical en cada gota.

En cada hierba que crece después de la sequía hay algo de nosotros levantándose desde la tierra hacia el mundo, alzándose con orgullo desde abajo hasta donde la vista alcance. En cada rama desnuda se esconde un pensamiento aletargado que intenta abrirse paso por la atmósfera para flechar en nuestros corazones. En cada playa sin nadie se perfila un bosquejo de multitud que aguarda la pesca, cuando las huellas del verano se han borrado, pero el mar persiste en sus olas. En cada fruto estalla la presencia del agua y de la vida.

En el Hammam sabemos que los deseos se esperan haciendo una vereda, siempre ofreciendo pasos y espacio cuando parece que terminaron los caminos. Nunca. No hay lindes para la aventura.

Una vez acaso nos dejamos conducir por este atajo, solo una vez nos abandonamos a las aguas y a sentir una experiencia purificadora, como regalo turístico, como jornada especial, como celebración con una sola vela, como si la vida solo nos diera una oportunidad, como si vivir fuera rutina y lo extraordinario un souvenir. No. Merecemos repetir lo que nos hizo libres, lo que fue diferente y siempre nos distingue. Volver a las aguas y al calor, volver desprendiéndose de lo superfluo, dando cuanto somos.