Las ciudades españolas se iluminan este mes con una abundancia multicolor que parece combatir la oscuridad de la noche retando a la noche. Semejante batalla contra la nocturnidad de los montes, las selvas y los campos, las autopistas, los callejones y los barrios de medio mundo, se presenta quizá como una guerra contra la naturaleza: porque la noche es necesaria frente a la luz del día, producto de la rotación del planeta que gira en órbita alrededor del astro sol. Los humanos retamos el ciclo natural mostrando todo contra lo oscuro.

Es el signo del presente. Las ciudades compiten para ganar en potencia lumínica y espectáculo. Y así las luces de diciembre nos acompañan en las calles, los comercios y las fiestas navideñas durante todo el mes de diciembre. Málaga y Madrid son dos centros de potencia eléctrica que asombran por sus guirnaldas y adornos en Navidad, aunque también Granada y Córdoba se ocupan de ello, como casi todas las ciudades de medio mundo. Pero, ojo, son luces de temporada y luces prestadas por unos días. Hay que aspirar a otras luces.

Desde el Hammam, humildemente, proponemos otras luces continuas: las interiores y las que no deslumbran a primera vista, incluso esa luz temblorosa de una vela, de un gesto, que significan lincendio de la vida humana en convivencia con la naturaleza: luz de velas, luz tenue en penumbra que invita a pensar, luz que permite que poseamos soberanos nuestra propia luz.

La luz de las pequeñas cosas y sus matices se encienden cada día del año, al margen de la fiesta puntual de esta fecha. Se trata de abonar las lucecitas mínimas.

Por ejemplo, cuánta ternura iluminada en las velas sobre una tarta de cumpleaños que celebran seguir añadiendo tiempo al destino vital, cuánta andadura en aquellas linternas que prenden y guían en un camino sin farolas, cuánta compañía en esas fogatas de acampada o que arden en una playa desierta dando calor a una reunión.

Incluso más. Cuánta luz en el Siglo de las Luces, de la razón ilustrada que nos condujo a la ciencia, la lógica y la pedagogía, empeñados sus protagonistas en el progreso. La Ilustración en el siglo XVIII agigantó nuestro desarrollo hacia nuevos horizontes desconocidos desde la filosofía y la práctica de novedosas ideas para el ser humano.

Y en privado, cuánta luz callada en los abrazos, las sonrisas, los contratos, la nómina a fin de mes, la compra de supermercado. La luz nos embarga sin artificio en los actos pequeños.

Por supuesto, vamos a disfrutar de las luces de Navidad, la novedad y su reclamo, pero tal vez debemos encender también nuestras propias luces, porque no podemos depender de una fecha, sino de nuestras mil bombillas cargadas de energía para sembrar luz que nos guíe: esfuerzo y afecto entre todos.

Luces de Navidad, bienvenidas, pero sin olvidar nuestra luz suprema, más allá de este mes. La luz perpetua, a veces oculta, en cada uno, en cada tarea, en cada paso personal que damos para el devenir.

No hay mayor espectáculo de luces que la existencia de cada cual.