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El arte de sentir, por Clara Sánchez

¿Por qué nos empeñamos en buscar la felicidad cuando podemos encontrar el placer? La felicidad es demasiado importante, una bendición del universo y abarca toda la vida de una persona, por eso alguien dijo que nadie sabe si ha sido realmente feliz hasta el último suspiro. En cambio el placer pertenece al momento. Es corto …

¿Por qué nos empeñamos en buscar la felicidad cuando podemos encontrar el placer? La felicidad es demasiado importante, una bendición del universo y abarca toda la vida de una persona, por eso alguien dijo que nadie sabe si ha sido realmente feliz hasta el último suspiro. En cambio el placer pertenece al momento. Es corto y depende de uno mismo, de la sencilla capacidad de aprovechar lo que tiene alrededor, de tanta belleza como se nos ha regalado por las buenas. En el fondo estamos más hechos para el placer que para la felicidad. Y de hecho no cesamos de idear nuevas fuentes de entretenimiento, que no logran superar a los milenarios santuarios dedicados a la conexión del cuerpo con el agua, con la vida, con el origen de todo. Porque el hammam es un santuario dedicado al arte de sentir. Por lo que es aconsejable que antes de entrar, dejes fuera los pensamientos, las preocupaciones, incluso los sueños pues una experiencia nueva te espera en todo su profundidad.

El arte de sentir, por Clara Sánchez

Te envolverá el resplandor del agua en medio de la penumbra, y silenciosos sonidos de gruta. Después cerrarás los ojos y dejarás que el cuerpo se desvanezca en el agua. Te despreocuparás  de él porque ha dejado de ser esa pesada carga que has de  soportar cada segundo. A los cinco minutos ya no notas las piernas cansadas de tanto ir y venir, ni los brazos con que cargas los libros o los hijos o las cajas del supermercado, ni la cabeza abombada por los ruidos, las obsesiones, las palabras que han llegado hasta ahí a lo largo del día. Ya no te palpita el corazón sin saber por qué, quizá por un miedo indefinido, que no sueltas ni al dormirte. Ahora tu cuerpo es también noche y estrellas y no teme nada. De pronto cada cosa está en su sitio. Flotarás y estarás en paz y no necesitarás hablar ni comprender nada, porque lo sabrás todo, sabrás que este momento es único. Y cuando salgas a la calle de nuevo, desearás que se prolongue un poco más. No querrás recoger los pensamientos viejos que dejaste en la puerta. Estarás contento, relajado y pensarás que sería una maravilla que el día a día fuese un poco como un hammam.

Ojalá que en el trabajo no estuviese todo el mundo tenso, ojalá que al entrar en un ascensor la gente saludara, ojalá que no nos odiáramos. Ojalá que no creyésemos que hay personas inferiores a nosotros. Y que no nos frustrásemos por cualquier cosa. ¿Qué importan nuestros pequeños deseos en comparación con todo lo que se nos ofrece? Tendrás la sensación de que desde el hammam a la calle has viajado muy lejos, hasta un planeta primitivo en que estamos en frenética lucha contra los demás y contra nosotros mismos, en que no perdemos el tiempo en contemplar el cielo. ¿Cuántas noches se nos escapan sin alzar la vista al firmamento, sin echarle una ojeada a la luna y las estrellas? Tendrás la sensación de que en el hammam estabas en una la civilización avanzada, espiritual y carnal, que te ponía en contacto con la naturaleza y el universo. Te preguntarás qué nos ocurre, por qué somos tan cerrados, por qué nos perdemos lo mejor que tenemos, algo tan  sencillo como dejarse arrullar por ese milagro del que dependemos completamente: el agua; por el frescor y el calor, por el vaho. Y aceptar que todo nuestro ser respire y se descargue y sea más tolerante, menos ególatra y más humano. Sentirás que no vale la pena dejarse ofuscar y obcecar y envenenarse por la envidia, ni por la admiración, ni por el odio, ni por el amor. Quizá te parezca, como a mí, que el equilibrio es un don difícil de alcanzar y que regresar al hammam podría ser una manera de volver al arte de sentir.

 

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